Los equilibristas de Corrientes

Tarde de invierno. Iba caminando por Corrientes con un objetivo bastante modesto —probablemente tomar un café, que es una de las formas más dignas de no hacer nada— cuando levanté la vista y descubrí que cuatro hombres estaban colgados de la fachada de un edificio.

No digo trabajando en altura.

Digo colgados.

Suspendidos en el aire mediante sogas finísimas, con pequeños baldes, arneses y escobillas, como si una compañía de circo hubiera decidido abandonar definitivamente la carpa para dedicarse al mantenimiento edilicio.

Me detuve.

En Buenos Aires detenerse en una vereda es una actividad de cierto riesgo. Inmediatamente uno se convierte en obstáculo urbano. Dos oficinistas me esquivaron. Un señor me miró con el reproche reservado a quienes no circulan a la velocidad reglamentaria. Una mujer chocó conmigo mientras consultaba el teléfono y después me pidió disculpas con tanta naturalidad que entendí que el accidente había sido culpa de ambos y posiblemente del Gobierno.

Pero yo ya no podía moverme.

Arriba, a unos treinta metros de altura, un hombre se impulsó con las piernas contra una ventana y quedó hamacándose sobre la avenida.

Fue un movimiento tranquilo, profesional, casi elegante.

Yo, desde la seguridad relativa del suelo, experimenté vértigo.

Él, desde el sexto piso, limpió una manchita.

Comprendí entonces que existen personas considerablemente mejor preparadas que uno para la vida.


El escenario contribuía bastante.

Era el Edificio Dreyfus, esa mole señorial que ocupa el tramo de Corrientes entre 25 de Mayo y Leandro N. Alem y que parece pertenecer a una Buenos Aires donde los hombres iban a la oficina con sombrero, las empresas exportaban cereales en cantidades imperiales y hasta los ascensores debían tener barandas de bronce.

El edificio fue construido hacia 1923 para la firma cerealera Louis Dreyfus y proyectado por los arquitectos Paul H. Nénot, Pablo Pater y Eugenio Gantner, dentro del academicismo francés. Incluso fue levantado respetando la nueva línea municipal que anticipaba el ensanche de la entonces calle Corrientes.

Es decir que el edificio estaba preparado para la futura avenida mucho antes de que la avenida estuviera preparada para los taxis, los colectivos, las motos, los repartidores de aplicaciones y los porteños cruzando cuando el semáforo está en rojo porque, técnicamente, todavía no viene nadie.

La fachada conserva además dos grandes ornamentos ovalados donde aparecen anclas, salvavidas, cereales, frutas, verduras y alas: una especie de currículum escultórico de los negocios de la compañía.

Aquella tarde, sin embargo, nadie miraba las esculturas.

Todos mirábamos a los hombres.


No fui el único que se detuvo.

Buenos Aires posee una extraordinaria capacidad para formar público alrededor de cualquier acontecimiento que no haya sido organizado para tenerlo.

A los cinco minutos éramos siete.

A los diez, doce.

A los quince había surgido incluso un especialista.

Era un hombre de unos sesenta años, saco marrón, bolsa de supermercado y conocimientos aparentemente profundos sobre trabajos verticales.

—Esos tienen doble cabo de seguridad —explicó.

Nadie se lo había preguntado.

—¿Trabajó de eso? —le pregunté.

—No.

Hizo una pausa.

—Pero mi cuñado tuvo una empresa de toldos.

Con eso quedó establecida su autoridad técnica.

Cada vez que uno de los operarios descendía unos metros, el hombre asentía lentamente.

—Ahora va a bloquear.

El operario bloqueaba.

—¿Vio?

Adquirimos confianza en él.

Una señora que se había sumado al grupo preguntó:

—¿Y si se rompe la soga?

El experto la miró con cierta impaciencia.

—Para eso está la otra.

—¿Y si se rompen las dos?

El hombre pensó unos segundos.

—Y… ahí ya es mala suerte.

Era imposible discutir semejante razonamiento.


Arriba continuaba el ballet.

Uno mojaba el vidrio.

Otro pasaba la escobilla.

Un tercero descendía lentamente.

Y el cuarto se balanceaba a varios metros de la pared con una serenidad ofensiva.

Cada tanto alguno se impulsaba con las piernas y describía un pequeño arco sobre Corrientes.

Yo los imaginaba conversando.

—Che, ¿qué hacemos después?

—Tomamos algo.

—¿Dónde?

—Abajo.

—Bueno, después vemos.

La idea de que alguien pudiera decir “abajo” como quien dice Palermo me resultó fascinante.

En determinado momento apareció la luna.

Todavía era de día, pero estaba allí, redonda y pálida sobre los edificios, justo detrás de uno de los limpiavidrios.

La composición era perfecta.

Un hombre suspendido sobre Buenos Aires.

La luna detrás.

Las sogas descendiendo hasta la vereda.

Por un instante la escena dejó de parecer mantenimiento edilicio y adquirió cierta dimensión espacial.

El tipo ya no limpiaba ventanas.

Estaba reparando un satélite.


Uno de los espectadores —un muchacho con mochila— sacó el teléfono.

—Esto lo subo a Instagram.

La señora del accidente de las sogas respondió:

—Poné que son alpinistas.

—Pero no son alpinistas.

—Bueno, pero queda más lindo.

En la Argentina la rigurosidad documental suele terminar exactamente donde empieza una buena historia.

Un vendedor de café que operaba misteriosamente desde un termo apareció poco después.

No sé de dónde salió.

En Buenos Aires ciertas personas aparecen cuando se reúne un grupo suficiente de ciudadanos.

—¿Café?

Compré uno.

Era un líquido a una temperatura incompatible con la legislación internacional sobre derechos humanos, pero me permitió continuar la observación.

El hombre del saco marrón también compró.

Ahora opinaba sobre seguridad laboral sosteniendo un vasito de plástico.

—El problema es el viento.

Todos miramos hacia arriba.

No había viento.

—Hoy no —aclaró.

Su prestigio permaneció intacto.


Empecé entonces a imaginar qué ocurriría del otro lado de esos vidrios.

Porque una cosa es observar a un limpiavidrios desde la calle y otra bastante diferente estar trabajando tranquilamente en una oficina cuando de pronto aparece un señor flotando frente a tu escritorio.

Pensé en un gerente redactando un informe confidencial.

PROYECCIÓN FINANCIERA – TERCER TRIMESTRE.

Levanta la vista.

Un hombre suspendido en el vacío le pasa una escobilla por delante de la cara.

El gerente saluda.

El limpiavidrios saluda.

Cada uno continúa con sus obligaciones.

Probablemente eso sea la civilización.

Inventé incluso a una empleada del quinto piso —Silvia, Recursos Humanos— que todos los años esperaba ansiosamente la limpieza de ventanas porque se había hecho amiga de uno de los operarios.

Cuando aparecía frente a su escritorio, ella pegaba un papel al vidrio:

¿MATE?

Él respondía levantando el pulgar.

Entonces Silvia abría una ventana lateral y le hacía llegar mediante un ingenioso sistema de hilo y canastita un mate con dos bizcochitos.

Este procedimiento, según mi reconstrucción completamente carente de pruebas, había sido expresamente prohibido por Seguridad e Higiene en 2017.

Desde entonces enviaban solamente bizcochitos.


El Dreyfus parecía observar todo aquello con absoluta indiferencia.

Después de un siglo en Corrientes, supongo que pocas cosas pueden sorprender a un edificio.

Había visto ensancharse la avenida.

Había visto cambiar automóviles, empresas, modas, gobiernos y monedas.

Había sobrevivido a reformas y reciclajes —a mediados de los 2000 fue sometido a una importante renovación para actualizar sus oficinas e instalaciones— sin perder su aire monumental.

Y ahora tenía hombres colgados de la fachada.

Nada particularmente grave para Buenos Aires.

Me quedé casi una hora.

Lo que comenzó como una curiosidad se transformó poco a poco en espectáculo.

No había música.

No había entradas.

No había escenario.

Solo cuatro tipos limpiando vidrios mientras cientos de miles de personas seguían con sus vidas unos metros más abajo.

Y justamente por eso resultaba extraordinario.


Finalmente uno de los trabajadores empezó a descender.

Pasó frente a un piso.

Después frente a otro.

Luego desapareció detrás del basamento del edificio.

Los demás fueron siguiéndolo.

El público espontáneo comenzó a dispersarse con cierta melancolía, como después de un concierto.

El experto en toldos fue el último en retirarse.

—Buen trabajo —dictaminó.

Ignoro si los limpiavidrios escucharon su evaluación.

Espero que sí.

Yo terminé el café, miré una vez más hacia arriba y seguí caminando por Corrientes.

Había salido aquella tarde sin ninguna intención especial y acababa de asistir durante una hora a cuatro hombres suspendidos sobre una avenida, un edificio francés de cien años, una luna anticipada, un especialista autodidacta en trabajos verticales y un vendedor ambulante de café hirviendo.

No había visitado ningún museo.

No había comprado ninguna excursión.

No había consultado TripAdvisor.

Y, sin embargo, había hecho turismo.

Desde entonces sospecho que algunos de los mejores viajes por Buenos Aires requieren una sola cosa: caminar sin demasiada prisa y, de vez en cuando, mirar hacia arriba.

Porque uno nunca sabe.

Puede aparecer una cúpula.

Una gárgola.

Un balcón imposible.

O cuatro hombres hamacándose tranquilamente sobre Corrientes mientras limpian las ventanas de 1923.

Y si eso ocurre, mi consejo es sencillo:

deténgase.

El café aparece solo.