Apenas uno se acerca al Edén Hotel, tiene la extraña sensación de que el edificio ya lo estaba esperando. No parece limitarse a recibir visitantes: los observa con cierta paciencia centenaria, como si quisiera averiguar cuánto saben antes de decidir cuánto está dispuesto a contarles.
Llegué una tarde a La Falda con esa inocencia del turista que cree que va a recorrer un hotel antiguo, sacar veinte fotos, escuchar una historia sobre huéspedes ilustres y marcharse satisfecho a tomar un café. Es decir: llegué sin comprender que estaba entrando en uno de esos lugares donde la historia argentina, la aristocracia europea, los alemanes, los fantasmas, los cordobeses y Adolf Hitler habían decidido alquilar juntos una habitación.
Desde lejos, el edificio ya impone respeto.
Se levanta contra las sierras como un gran transatlántico varado inexplicablemente en Punilla. Torres, galerías, ventanales inmensos, escalinatas, balcones, una fuente delante y, coronándolo todo, un águila metálica que parece llevar más de un siglo vigilando que nadie estacione mal.
A cada lado aparecen dos enormes letras:
E H.
Edén Hotel.
Aunque durante unos segundos pensé que podían significar Entre Hermano, una modalidad de bienvenida cordobesa.
El lugar recibió a sus primeros huéspedes durante la temporada de 1897-1898, cuando todavía estaba parcialmente en construcción. En aquel momento prácticamente no existía La Falda como la conocemos: el hotel fue uno de los motores alrededor de los cuales terminaría desarrollándose la localidad.
Esto es muy cordobés.
En otros lugares primero se funda el pueblo, después se construye el hotel.
Acá construyeron un hotel monumental en medio de las sierras y alrededor dijeron:
—Bueno, ya que estamos, hagamos una ciudad.
Subí la enorme escalinata de entrada acompañado por un perro blanco y negro que apareció de ninguna parte y caminó delante de mí con absoluta familiaridad.
Durante unos minutos pensé que pertenecía al museo.
Después pensé algo peor: que quizá pertenecía al hotel desde 1923.
El animal se sentó delante de la puerta principal, miró hacia adentro y decidió no entrar.
Aquello me pareció información relevante.

La Belle Époque, pero con peperina
Atravesar los grandes ventanales del Edén provoca una sensación difícil de explicar. El hotel está restaurado sólo parcialmente, y justamente ahí reside buena parte de su encanto. No parece un decorado reconstruido para turistas. Todavía tiene cicatrices.
Hay pisos gastados, puertas altísimas, galerías interminables, viejos herrajes y paredes que parecen haber escuchado conversaciones que uno preferiría no haber tenido que transcribir.
En su época de esplendor, el Edén disponía de alrededor de cien habitaciones y un comedor capaz de recibir a unas 250 personas. Tenía usina eléctrica, cámara frigorífica, caballerizas, pileta, canchas deportivas y hasta servicios propios que le daban una notable autonomía para aquellos años.
Era, esencialmente, un resort cinco estrellas cuando todavía nadie decía resort.
Y mucho menos all inclusive.
Por sus salones pasaron miembros de la aristocracia, presidentes argentinos y personajes célebres; las fuentes turísticas oficiales incluyen entre sus huéspedes a Julio A. Roca, Rubén Darío y Albert Einstein.
Pensé en Einstein caminando por aquellas galerías.
Me pareció una imagen extraordinaria.
Uno de los pocos hombres capaces de comprender la relatividad del tiempo alojándose en un hotel cordobés, donde cualquier vecino puede asegurar que algo ocurrió «hace como cuarenta años» y referirse indistintamente a 1967, 1984 o anteayer.
Nuestro guía se llamaba —digamos— Osvaldo.
No sé si ése era realmente su nombre, pero tenía una cara absolutamente compatible con llamarse Osvaldo.
Era un hombre de unos sesenta años, bigote diplomático y voz grave, que explicaba la historia del lugar con esa extraordinaria habilidad cordobesa para borrar la frontera entre documentación histórica y sobremesa.
—Por acá caminó Einstein —dijo.
Todos observamos el corredor con respeto.
—También vino el Príncipe de Gales.
Más respeto.
—Y mi tío Anselmo dice que una vez vio a Fangio estacionando atrás.
—¿Fangio también estuvo?
Osvaldo meditó.
—Y… mi tío mentía bastante.
Ese fue el momento en que decidí confiar plenamente en él.

Un hotel para gente que viajaba con media casa
Mientras avanzábamos por los corredores intenté imaginar a los huéspedes de principios del siglo XX llegando desde Buenos Aires.
No con una valijita de cabina de diez kilos.
Llegaban para pasar temporadas largas, acompañados muchas veces por choferes, empleados domésticos y niñeras.
O sea que probablemente una familia traía diecisiete baúles, dos sombrereras, seis abrigos, tres bastones, una vajilla de emergencia y algún primo inexplicable.
Hoy uno viaja cuatro días y se pregunta si realmente necesita llevar un segundo pantalón.
En 1910 una señora de Recoleta podía decidir:
—Federico, ¿trajiste el piano?
Y Federico contestaba:
—Sí, querida. Va en el tercer vagón.
Desde una de las galerías miré hacia las sierras.
Ahí comprendí mejor el atractivo original del lugar.
El paisaje entra literalmente por las ventanas.
Las montañas están tan cerca que parecen formar parte del mobiliario. Hay algo extraordinariamente elegante en esos balcones de hierro, en los pisos geométricos y en aquellas ventanas altas abiertas hacia Punilla.
Me quedé unos minutos mirando el cerro desde una habitación semioscura.
La escena tenía una belleza casi cinematográfica.
Silencio.
Montañas.
Árboles.
Una brisa leve.
Hasta que detrás mío una señora preguntó:
—¿Acá es donde aparece la nena?
Y se terminó la poesía.

El alemán en la habitación
Porque inevitablemente llega el momento en cualquier visita al Edén en que alguien pregunta por Hitler.
Puede ocurrir a los diez minutos.
Puede ocurrir a los veinte.
Pero ocurre.
La historia real ya es suficientemente inquietante sin necesidad de agregarle fantasmas. Walter Eichhorn y su esposa Ida, vinculados al hotel desde 1912, fueron simpatizantes y benefactores del movimiento nazi; existe correspondencia que documenta el agradecimiento del propio Hitler por el apoyo económico recibido.
Eso es historia.
Después viene Córdoba.
Y Córdoba jamás desperdicia una historia cuando puede agregarle un subsuelo secreto, dos espías, una radio clandestina y una mucama llamada Catalina.
La hipótesis de que Hitler hubiera escapado de Alemania y pasado por La Falda fue investigada incluso por autoridades estadounidenses, pero nunca pudo comprobarse. Con el tiempo quedó incorporada al repertorio de leyendas del hotel.
Osvaldo lo explicó con impecable prudencia histórica:
—Pruebas de que Hitler vino, no hay.
Pausa.
—Ahora… de que no vino, tampoco tengo acá conmigo.
Admiré el razonamiento.
Era epistemología de Punilla.
Un hombre del grupo preguntó entonces por el enorme águila que corona la fachada.
Osvaldo aclaró que no se trataba del águila nazi, una confusión habitual entre los visitantes; también las visitas guiadas hacen esa distinción.
El señor insistió:
—Pero se parece.
—Y… todas las águilas se parecen bastante —contestó Osvaldo—. Si fueran fáciles de distinguir serían canarios.
No hubo más preguntas.
El corredor que conviene atravesar acompañado
La tarde empezó a caer.
Y el Edén cambió.
Eso sí fue evidente.
Durante el día, los grandes ventanales, las galerías y los patios conservaban cierta melancolía elegante. Pero cuando la luz comenzó a desaparecer detrás de las sierras, los corredores adquirieron esa característica poco recomendable de los lugares donde cualquier puerta entreabierta empieza a desarrollar personalidad.
El museo ofrece precisamente visitas nocturnas dedicadas al costado mítico y paranormal del edificio, recorridos que pasan por habitaciones y sectores oscuros mientras se cuentan leyendas sobre supuestos fenómenos inexplicables.
Yo no estaba particularmente preocupado.
No creo mucho en fantasmas.
Creo en AFIP, en las expensas extraordinarias y en que una batería puede quedarse sin carga justo cuando uno necesita Google Maps.
Esas cosas sí me dan miedo.
Pero confieso que atravesando una de aquellas galerías oscuras escuché detrás mío:
toc… toc… toc…
Me detuve.
El sonido también.
Volví a caminar.
toc… toc… toc…
Aceleré.
toc toc toc toc.
Me di vuelta lentamente.
Era el perro blanco y negro del comienzo.
Había decidido finalmente entrar.
El animal me miró con una expresión que podría traducirse como:
—¿En serio te asustaste conmigo?
No respondí.
Conservé la dignidad británica.
Que básicamente consiste en experimentar pánico sin modificar demasiado la cara.
Una aparición verdaderamente cordobesa
Cuando ya estaba oscureciendo conocí a Nélida, una mujer de Villa Giardino que había venido con dos amigas.
Nélida aseguraba haber fotografiado un fantasma durante una visita anterior.
—Acá mismo —me explicó señalando una ventana.
Sacó el teléfono.
Buscó entre aproximadamente cuarenta mil fotografías.
Pasaron varios minutos.
Aparecieron primero un cumpleaños, una planta, seis capturas de recetas, un nieto vestido de Hombre Araña y diecisiete imágenes de un gato.
Finalmente encontró la foto.
Era una habitación oscura.
En una esquina había una mancha blanca.
—Ahí está.
Observé.
—¿El fantasma?
—Clarito.
—Puede ser un reflejo.
Nélida me miró con una mezcla de compasión y desprecio.
—Vos porque sos de Buenos Aires.
Comprendí que el debate había terminado.
Cinco minutos después, otra amiga agregó que su cuñado conocía «a un hombre de Cosquín» que había escuchado un piano tocar solo dentro del hotel.
—¿Y entró?
—No.
—¿Por qué?
—Porque tampoco era ningún boludo.
Irrefutable.
Cuando se encienden la E y la H
Salí otra vez hacia la explanada.
Ya era de noche.
Entonces ocurrió algo que no esperaba.
Se encendieron las letras de la fachada.
E. H.
Dos enormes iniciales luminosas suspendidas contra el cielo azul oscuro de las sierras.

Y el edificio se volvió otra cosa.
Ya no parecía solamente una ruina restaurada, ni un museo, ni el escenario de una colección de historias extravagantes.
Durante unos segundos volvió a ser un hotel.
Pude imaginar carruajes llegando por el camino. Damas descendiendo con vestidos imposibles. Hombres de smoking subiendo las escaleras. Mozo tras mozo cruzando el gran comedor. Música detrás de las ventanas. Una orquesta afinando. El murmullo de doscientas cincuenta personas cenando mientras afuera las sierras permanecían completamente oscuras.
Después pensé en todo lo que había pasado por allí.
La Belle Époque.
La aristocracia.
Los empresarios alemanes.
La política europea.
Las guerras.
El abandono.
Los saqueos.
Las leyendas.
Los fantasmas.
Y finalmente nosotros, turistas del siglo XXI, caminando por los mismos pasillos con un celular en la mano intentando conseguir señal.
El Edén cerró como hotel en 1965. Hoy funciona como museo y puede recorrerse durante todo el año.
Pero decir que «funciona como museo» explica muy poco.
Porque un museo suele guardar cosas.
El Edén parece guardar tiempo.
El último huésped
Antes de irme me senté un rato frente a la fuente.
El perro también salió.
Se acomodó varios escalones más arriba y volvió a mirar el edificio.
El cielo de La Falda ya estaba completamente oscuro.
Pensé que quizá por eso los grandes hoteles antiguos producen tanta fascinación. Uno entra sabiendo que todo aquello terminó, pero durante un rato tiene la sensación de que todavía queda gente alojada.
Una señora desayunando en 1918.
Un botones corriendo en 1927.
Un huésped escribiendo una carta en 1933.
Una pareja bailando en 1940.
Un empleado cerrando una puerta en 1965 sin sospechar que era prácticamente la última vez.
Y un perro, quién sabe desde cuándo, haciendo guardia en la escalinata.
Me levanté para volver al centro de La Falda.
Entonces escuché una voz detrás de mí.
—Señor.
Me di vuelta.
Era Osvaldo.
—¿Sí?
—Se olvida esto.
Me alcanzó mi gorro.
Le agradecí.
Antes de marcharme le pregunté:
—Osvaldo, una última cosa. ¿Usted cree en los fantasmas del hotel?
Sonrió.
—Mire… llevo quince años trabajando acá.
Esperé alguna revelación.
—¿Y?
—Y hasta ahora ninguno me pidió aumento.
Nos despedimos.
Caminé avenida abajo mientras las letras E y H seguían brillando detrás mío.
Creo que ésa es la mejor manera de visitar el Edén: entrar de día, dejar que alguien te cuente la historia y salir cuando ya cayó la noche.
No hace falta creer en fantasmas.
Ni en Hitler escondido en una habitación.
Ni siquiera en todo lo que diga un cordobés.
Sobre todo en esto último.
Alcanza con caminar por esas galerías, mirar las sierras desde una ventana centenaria y permitir que durante una hora y media la imaginación haga lo que mejor sabe hacer cuando viaja:
exagerar un poco.
Después de todo, estamos en Córdoba.
Y si el Edén hubiera tenido simplemente cien habitaciones, huéspedes famosos, bailes de gala y una historia turbulenta, ya habría sido extraordinario.
Pero los cordobeses decidieron agregarle nazis, túneles, apariciones, perros inmortales y un guía llamado Osvaldo.
Y así, naturalmente, quedó mucho mejor.
