De Zúrich a Milán hay varias maneras de viajar. Nosotros elegimos una que incluía atravesar los Alpes en ómnibus y pasar un buen rato debajo de una cantidad de roca suficiente como para desalentar cualquier pensamiento liviano.
La mañana había empezado en Suiza con esa tranquilidad ligeramente intimidante que tienen los países donde todo funciona. Llegamos a la terminal con mis padres, equipaje, provisiones y la prudente anticipación argentina de quien ha sido educado en la convicción de que cualquier medio de transporte puede salir antes, después o directamente no salir.
El autobús estaba allí.
Impecable.
Scania.
En el parabrisas, un cartel verde anunciaba la ruta con esa contundencia germánica que no admite interpretaciones: Zürich – Mailand.
Mailand, por supuesto, es Milán en alemán. Un detalle mínimo, pero suficiente para que durante unos segundos uno sienta que está por viajar a una ciudad distinta. Entre ambas palabras estaban los Alpes.

Nada que un autobús de línea pareciera considerar especialmente preocupante.
Mi padre observó el vehículo con aprobación técnica, como si estuviera evaluando comprarlo.
—Buena máquina.
Era toda su auditoría.
Mi madre, entretanto, había comenzado otra inspección más importante:
—¿Llevamos los sándwiches?
Los llevábamos.
En mi familia hemos atravesado fronteras, océanos y cordilleras, pero jamás sin algo envuelto en papel aluminio.
Subimos.
El chofer era un suizo de unos sesenta años, impecablemente afeitado, que transmitía la sensación de haber nacido conduciendo ese autobús y de que posiblemente su padre también hubiera sido chofer, al igual que su abuelo, y que todos hubieran cruzado San Gotardo sin derramar jamás una taza de café.
Nos recibió con un discreto Guten Morgen.
Un pasajero alemán respondió.
Un italiano dijo buongiorno.
Yo dije algo que intentó abarcar ambas lenguas y terminó sonando a nombre de medicamento.
Nos instalamos.
Mi madre junto a la ventanilla.
Mi padre cerca de ella.
Yo en posición estratégica para sacar fotografías cada diecisiete segundos.
Salimos de Zúrich.
Durante los primeros kilómetros todo confirmó mis sospechas acerca de Suiza: praderas perfectamente verdes, casas perfectamente ordenadas, vacas que probablemente tributaban impuestos y estaciones ferroviarias donde los trenes parecían llegar unos segundos antes simplemente para demostrar eficiencia.
Pero poco a poco el paisaje empezó a cambiar.
Las montañas crecieron.
Primero fueron colinas.
Después montañas.
Después montañas que parecían haber solicitado una ampliación.
La autopista comenzó a internarse entre paredes de roca gigantescas mientras pequeños pueblos aparecían en el fondo de los valles, diminutos, prolijos, casi excesivamente pintorescos.
Había casas con techos inclinados, bosques, cascadas y vacas colocadas en lugares donde una vaca argentina sensata jamás habría intentado pastar.
—Mirá dónde están esas vacas —dijo mi madre.
Mi padre observó.
—Están acostumbradas.
Ésa fue toda su explicación del ecosistema alpino.
Continuamos avanzando.
A un lado, montañas.
Al otro, montañas.
Adelante, montañas.
Comencé a sospechar que los suizos habían comprado demasiadas montañas y, por orgullo nacional, habían decidido no devolver ninguna.
El micro subía con una serenidad admirable.
Nosotros también.
Hasta que llegamos a una parada en medio de un valle.
El lugar era extraordinario.
Había una explanada, algunos camiones, otro autobús y alrededor una muralla natural de montañas cubiertas de bosques otoñales. Más arriba, las cumbres recibían el sol.
Era uno de esos paisajes frente a los cuales el ser humano suele experimentar una profunda sensación de insignificancia.
Nosotros experimentamos hambre.

Mis padres se sentaron sobre una roca.
Sacamos los sándwiches.
Tengo una fotografía de aquel momento que resume admirablemente nuestros viajes familiares: detrás, los Alpes suizos en todo su esplendor geológico; adelante, mis padres comiendo pan con queso y jamón.
Mi madre sostenía el sándwich con concentración.
Mi padre sonreía como si estuviera almorzando en el Ritz.
Yo pensé que pocas cosas resultaban tan argentinas como cruzar Europa llevando provisiones suficientes para sobrevivir a una huelga ferroviaria.
Entonces apareció Hans.
Al menos decidimos llamarlo Hans porque nadie supo nunca su nombre.
Era un señor suizo enorme, de barba blanca, chaleco verde y aspecto de haber bajado caminando desde una montaña donde vivía fabricando relojes cucú.
Se acercó a mirar nuestros sándwiches.
—Argentina? —preguntó.
—Sí.
Señaló el queso.
—Swiss cheese?
Miramos el paquete.
Era queso comprado en un supermercado alemán.
Hubo un silencio diplomático.
—European cheese —respondí.
Hans asintió.
Probablemente consideró prudente no generar un conflicto internacional en presencia de mis padres.
Antes de retirarse nos señaló una montaña y dijo algo larguísimo en alemán.
No entendimos absolutamente nada.
Mi padre respondió:
—Claro.
Hans pareció satisfecho.
Hasta el día de hoy desconocemos qué acuerdo bilateral acababan de firmar.
Volvimos al ómnibus.
Las montañas se cerraron todavía más alrededor de nosotros.
La autopista parecía avanzar buscando deliberadamente lugares donde sería razonable no construir una autopista.
Pasábamos túneles.
Salíamos.
Otro valle.
Otro túnel.
Otra montaña.
Yo pegaba la cara contra la ventanilla como un chico.
A veces el paisaje aparecía completamente iluminado por el sol. Cinco minutos después entrábamos en una garganta oscura donde las paredes de piedra se levantaban casi verticales.
Era espectacular.

Y entonces llegó San Gotardo.
El autobús redujo ligeramente la velocidad.
Delante apareció la entrada del túnel.
Una boca negra abierta en la montaña.
Sabía perfectamente que íbamos a atravesarlo.
Lo que no había considerado hasta ese momento era la naturaleza conceptual del asunto.
Íbamos a meternos dentro de los Alpes.
No sobre ellos.
No alrededor.
Adentro.
Me pareció una idea extraordinaria y ligeramente innecesaria.
Mi madre preguntó:
—¿Es largo?
Respondí con esa precisión científica que caracteriza a los hijos cuando viajan con sus padres:
—Bastante.
Entramos.
En pocos segundos desaparecieron el cielo, los bosques y las montañas.
Quedó solamente el túnel.
Luces.
Asfalto.
Camiones.
Y una sensación bastante concreta de que varios millones de toneladas de roca estaban apoyadas sobre nosotros.
Mi padre permanecía absolutamente tranquilo.
Había vivido suficientes cosas como para no dejarse intimidar por una montaña.
Mi madre miraba hacia adelante.
—Espero que no haya embotellamiento acá adentro.
Ése era exactamente el pensamiento que yo estaba intentando no tener.
El interior del ómnibus estaba apenas iluminado por unas extrañas luces violetas que le daban al viaje el aspecto de una discoteca clandestina situada bajo los Alpes.
Durante unos minutos dejamos de ser pasajeros.
Éramos participantes involuntarios de Techno Gotthard 2018.
Faltaba únicamente un DJ alemán llamado Klaus anunciando:
—Ladies and gentlemen, next stop: geological pressure.
El túnel seguía.
Y seguía.
Y seguía.
Después de un rato uno pierde toda noción del espacio.
Podríamos haber estado debajo de Suiza, de Austria o de la casa de Heidi.
Un hombre dos filas más adelante dormía.
Me impresionó.
Para dormir dentro de una montaña hay que poseer una confianza extraordinaria en la ingeniería civil europea.
En cierto momento apareció una pequeña luz roja adelante.
Mi madre preguntó:
—¿Eso qué es?
—Una señal.
—¿Seguro?
—Sí.
No estaba seguro.
Mi padre seguía mirando tranquilamente.
—Está todo calculado.
Fue posiblemente la frase más suiza pronunciada aquel día por un argentino.
Finalmente apareció algo diferente.
Primero una claridad.
Después otra.
Y de pronto… salimos.
Luz.
Cielo.
Montañas.
Fue una sensación inesperadamente teatral.
Como si los Alpes hubieran abierto el telón.
Pero algo había cambiado.
El paisaje empezaba lentamente a volverse italiano.
No ocurrió de golpe.
No apareció un señor preparando espresso junto a la salida del túnel.
Aunque habría sido apropiado.
Fue algo más sutil.
La arquitectura empezó a cambiar.
La luz parecía distinta.
Los pueblos descendían hacia los valles con otra disposición.
Hasta las montañas parecían ligeramente menos suizas.
Más relajadas.
Como si hubieran aflojado la corbata.
Horas después apareció el sur del Ticino.
Luego la frontera.
Y más tarde Italia.
En algún momento escuchamos las primeras conversaciones en italiano alrededor nuestro.
Mi madre sonrió.
Mi padre miraba por la ventana.
Yo tuve esa sensación maravillosa que producen ciertos viajes terrestres: la de haber visto cambiar un continente sin que nadie bajara un telón entre una escena y otra.
No habíamos despegado de ningún aeropuerto.
No habíamos aparecido mágicamente dos horas después en otro país.
Habíamos visto transformarse el paisaje kilómetro por kilómetro.
Los bosques.
Los pueblos.
Las montañas.
Las casas.
El idioma.
Hasta el comportamiento de los autos empezó a sugerir que Suiza estaba definitivamente detrás nuestro.
Finalmente apareció Milán.
Tráfico.
Edificios.
Carteles.
Italia.
Cuando bajamos del autobús, mis padres recuperaron las valijas mientras yo observaba aquel Scania que acababa de atravesar una de las grandes cordilleras de Europa con la misma naturalidad con que el 60 cruza Vicente López.
El chofer descendió.
Seguía impecable.
Ni despeinado.
Ni cansado.
Ni particularmente impresionado.
Para él había sido otro viaje.
Para nosotros no.
Habíamos desayunado en Suiza, almorzado junto a una montaña, atravesado los Alpes por adentro y llegado a Italia antes de la cena.
Mi padre miró el micro una última vez.
—Buen viaje.
Mi madre inmediatamente preguntó:
—¿Quedó algún sándwich?
Y así terminó nuestra expedición alpina.
No hubo crampones.
No hubo helicópteros.
No conquistamos ninguna cima.
Simplemente nos sentamos junto a una ventanilla y dejamos que Europa hiciera el espectáculo.
Quizás por eso todavía recuerdo aquel viaje con tanta claridad.
Porque a veces viajar no consiste en llegar rápido.
Consiste justamente en todo lo contrario.
En mirar.
En detenerse.
En comer un sándwich frente a una montaña imposible.
En preguntarse qué habrá dicho Hans.
Y, sobre todo, en atravesar un túnel larguísimo para descubrir que del otro lado de una cadena montañosa puede comenzar, lentamente, otro país.
Si alguna vez tienen que ir de Zúrich a Milán, hay alternativas más rápidas.
Probablemente también más cómodas.
Pero háganse un favor.
Alguna vez crucen los Alpes por tierra.
Si pueden, con sus padres.
Y lleven sándwiches.
Uno nunca sabe cuándo puede necesitar almorzar frente a una montaña.
