El día que San Martín volvió a pasar revista en Retiro

Llegué a Retiro un viernes feriado con la vaga intención de rendir homenaje al Padre de la Patria y la bastante más concreta esperanza de encontrar un café abierto.

La segunda misión resultó, como suele ocurrir en Buenos Aires, considerablemente más difícil que la primera.

Eran todavía las nueve de la mañana y la Plaza San Martín tenía ese aspecto extraordinario que adquiere Buenos Aires cuando la mayoría de sus habitantes todavía duerme: todo parecía funcionar con una corrección sospechosa. No había bocinazos, nadie discutía con un colectivero y hasta las palomas caminaban con cierta disciplina protocolar.

Entonces escuché los tambores.

Al doblar por uno de los senderos apareció ante mí una formación militar impecable. Una banda completa, uniformes rojos y azules, instrumentos brillando bajo un cielo de invierno escandalosamente celeste. Los músicos estaban alineados con una precisión que hacía pensar que hasta las baldosas habían recibido órdenes esa mañana.

Me detuve.

Un tambor marcó el ritmo.

Cincuenta hombres corrigieron simultáneamente la postura.

Yo también la corregí.

Nadie me había dado una orden, pero fue inevitable. El sonido me devolvió de golpe al patio del colegio: “¡Distancia! ¡Firmes! ¡Posición!”. Descubrí entonces que ciertas instrucciones de la infancia no se olvidan. Simplemente quedan archivadas en algún lugar de la columna vertebral.

Durante algunos minutos me quedé contemplando aquel ensayo con una mezcla de fascinación histórica y complejo de culpa postural. Al lado mío, un hombre de unos setenta años observaba la escena con largavistas.

—Granaderos —dictaminó.

Asentí con respeto.

—¿Está seguro?

Bajó los prismáticos y me miró como si acabara de preguntarle si el Obelisco era desmontable.

—Joven, yo hice la colimba.

Aquello, evidentemente, lo habilitaba para reconocer cualquier cuerpo militar desde las guerras napoleónicas hasta la fecha.

Se llamaba Aníbal, aunque pidió que lo llamara “capitán”, título que, según admitió cuatro minutos más tarde, nunca había poseído.

Fue mi primer guía.

Un prócer que conocía bien el barrio

Estar allí tenía una curiosa coherencia histórica.

Mucho antes de que Retiro tuviera torres de oficinas, hoteles de cinco estrellas y ejecutivos caminando a velocidades incompatibles con la digestión humana, San Martín había instalado precisamente en esas barrancas los cuarteles del Regimiento de Granaderos a Caballo. La zona había sido plaza de toros, escenario de combates durante las invasiones inglesas, Campo de Marte y, finalmente, plaza pública. En 1878, al cumplirse cien años del nacimiento del Libertador, recibió el nombre de Plaza San Martín.

Es decir que, dos siglos después, los militares seguían reuniéndose prácticamente en el mismo lugar.

La diferencia era que ahora había Starbucks a pocas cuadras.

San Martín probablemente habría considerado aquello un progreso logístico.

Me fui a desayunar y regresé más tarde para el acto.

Para entonces la plaza había cambiado por completo.

Las farolas estaban adornadas con pequeñas banderas argentinas que flameaban como si hubieran recibido instrucciones precisas del Ministerio de Defensa. Frente al monumento se extendía una alfombra roja. Había autoridades, oficiales, veteranos, familias, fotógrafos, turistas desconcertados y varios ciudadanos que, como yo, no tenían una función claramente establecida pero caminaban con expresión seria para evitar que alguien lo notara.

Tres formaciones ocupaban buena parte de la explanada: Ejército, Armada y Fuerza Aérea.

Desde atrás resultaban particularmente impresionantes.

Los soldados del Ejército permanecían rígidos con sus uniformes verde oliva, botas negras y fusiles. Los marinos, de azul oscuro y gorra blanca, parecían preparados para abordar inmediatamente una fragata aunque el Río de la Plata se encontrara a una distancia poco conveniente. Los integrantes de la Fuerza Aérea lucían sus gorras celestes.

Todos inmóviles.

Absolutamente inmóviles.

Yo llevaba siete minutos parado y ya había cambiado el peso de una pierna a la otra diecisiete veces.

El hombre del caballo

Al fondo dominaba la escena San Martín.

El monumento ecuestre que preside la plaza fue realizado por el escultor francés Louis-Joseph Daumas e inaugurado en 1862. Fue la primera estatua ecuestre levantada en la Argentina. Décadas después, hacia el Centenario, Gustav Eberlein incorporó el gran basamento de granito y los grupos escultóricos que representan distintos momentos de la campaña independentista.

Desde arriba de su caballo, el General parecía observarlo todo.

Había visto desfilar gobiernos, golpes, revoluciones, manifestaciones, turistas, vendedores ambulantes, oficinistas comiendo sánguches sobre el césped y probablemente varios millones de palomas.

Después de semejante experiencia institucional, resultaba difícil impresionarlo.

Un chico de unos seis años, sentado sobre los hombros de su padre, señaló la estatua.

—¿Ese es San Martín?

—Sí.

—¿Y el caballo?

El padre reflexionó.

—También.

El chico quedó satisfecho.

Era, en rigor, una explicación históricamente impecable.

A mi derecha apareció entonces una señora pequeña, envuelta en un tapado beige, acompañada por un caniche blanco que llevaba una escarapela celeste y blanca.

El perro se llamaba Remedios.

No pregunté.

Hay momentos en los que la realidad consigue escribir mejores escenas que cualquier cronista.

La señora me explicó que asistía “todos los años desde 1967”.

—San Martín fue el argentino más grande —sentenció.

Después señaló al caniche.

—Ella también es muy patriota.

Remedios aprovechó ese instante para intentar comerse una hoja de plátano.

La ceremonia

Cuando comenzó formalmente el acto, la plaza quedó en silencio.

Ese silencio tan particular de las ceremonias públicas argentinas: solemne, emocionado y siempre amenazado por la posibilidad de que suene un celular.

La banda atacó los primeros compases.

El sonido de los metales llenó la plaza y rebotó contra los edificios de Retiro. Había algo poderoso en aquella música escuchada al aire libre, bajo las banderas, rodeado de uniformes y con el monumento del Libertador elevándose en el centro.

Hasta las palomas parecieron comprender la gravedad del momento y despegaron en formación.

Aníbal—el capitán honorario— reapareció junto a mí.

—Mire —susurró—. Esto pone la piel de gallina.

Tenía razón.

A veces uno llega a estos actos esperando encontrarse con algo excesivamente protocolar y descubre otra cosa.

La historia, cuando sale de los manuales, funciona de manera diferente.

José de San Martín murió el 17 de agosto de 1850 en Boulogne-sur-Mer, Francia, después de haber pasado buena parte de su vida fuera del país que había contribuido a liberar. Su campaña fue decisiva para las independencias de Argentina, Chile y Perú. Sus restos regresarían definitivamente a Buenos Aires treinta años después, en 1880.

Pensé en eso mientras observaba los uniformes.

En aquel hombre que había organizado un ejército donde yo estaba parado, cruzado los Andes cuando cruzar los Andes significaba realmente cruzar los Andes —sin túneles, estaciones de servicio ni aplicaciones que calcularan el tiempo restante— y terminado sus días mirando el mar desde Francia.

Y justamente cuando la reflexión amenazaba con ponerse demasiado trascendente ocurrió lo inevitable.

Sonó un celular.

El tono era «Despacito».

Nadie se movió.

Los militares continuaron en posición.

Las autoridades miraron al frente.

San Martín tampoco reaccionó.

El único que giró lentamente la cabeza fue Aníbal.

Localizó al culpable entre la multitud con una precisión que confirmó definitivamente sus antecedentes castrenses.

—Civil —murmuró.

El pequeño desfile de las vanidades nacionales

Después llegó el momento de las ofrendas, los saludos y esos desplazamientos ceremoniales que los militares ejecutan con absoluta precisión y los civiles observamos tratando de comprender cuándo corresponde aplaudir.

Una autoridad avanzaba por la alfombra roja.

Dos oficiales acompañaban.

Una corona de laureles cambiaba de manos.

La banda esperaba.

Los fotógrafos retrocedían caminando mientras disparaban sus cámaras, extraordinaria habilidad profesional que suele ser subestimada hasta que uno intenta hacerlo y termina dentro de una fuente.

Yo había conseguido una posición privilegiada detrás de las formaciones.

Desde allí podía observar pequeñas cosas.

Un marino corrigiéndose imperceptiblemente el guante.

Un soldado que llevaba probablemente media hora sin pestañear.

Un nene intentando imitar la posición de firmes.

Un turista extranjero preguntándole a su mujer:

—Is this every Friday?

Pensé en contestarle que sí.

Que todos los viernes a las tres de la tarde Buenos Aires movilizaba a las Fuerzas Armadas para celebrar el comienzo del fin de semana.

Me contuve.

La reputación internacional del país ya tiene suficientes dificultades.

El general sigue ahí

Cuando terminó la ceremonia, la disciplina comenzó a disolverse.

Los uniformados rompieron filas.

Las familias sacaron fotos.

Los chicos se acercaron para mirar los instrumentos.

Los turistas recuperaron el control territorial.

Retiro volvió lentamente a ser Retiro.

Me quedé un rato más.

El sol de invierno caía oblicuo entre los árboles. Las pequeñas banderas seguían moviéndose sobre las farolas doradas. Los músicos guardaban sus instrumentos. Algunos soldados charlaban entre ellos y, de pronto, sin la rigidez de la formación, parecían muchachos extraordinariamente jóvenes.

San Martín continuaba arriba.

A caballo.

Con esa expresión severa que tienen los próceres cuando llevan más de ciento cincuenta años obligados a contemplar el tránsito porteño.

Me acerqué por última vez al monumento.

Pensé que había llegado aquella mañana simplemente porque era feriado, tenía tiempo y el acto me quedaba relativamente cerca.

Y me iba varias horas después con esa sensación difícil de describir que producen ciertos lugares cuando la historia coincide inesperadamente con el presente.

Porque una cosa es saber que San Martín formó a sus Granaderos en Retiro.

Otra es pararse allí dos siglos después, escuchar los tambores, ver a los soldados alineados bajo los mismos árboles y descubrir que, durante unos minutos, la distancia entre ambos tiempos parece bastante menor.

Aníbal pasó por detrás mío.

—Hasta el año que viene, joven.

—Hasta el año que viene, capitán.

Sonrió.

Caminó hacia Florida con sus largavistas colgando del cuello y desapareció entre la gente.

Nunca averigüé si realmente había hecho la colimba.

Ni si se llamaba Aníbal.

Pero a esa altura tampoco importaba demasiado.

Me fui de la Plaza San Martín caminando despacio, mientras Buenos Aires recuperaba su desorden habitual.

A dos cuadras, un taxi tocó bocina sin motivo aparente.

Otro respondió.

Un colectivo quedó atravesado sobre una senda peatonal.

Todo volvía a la normalidad.

Y pensé que quizá esa sea una de las mejores razones para acercarse alguna vez a uno de estos actos.

No hace falta ser militar, historiador ni especialmente aficionado a las ceremonias patrióticas. Basta con tener una mañana libre, cierta curiosidad y ganas de mirar.

Por un rato, Buenos Aires deja de ser simplemente una ciudad.

Se convierte en escenario.

Suena la banda.

Flamean las banderas.

Los soldados quedan firmes.

Y desde el centro de Retiro, impasible sobre su caballo de bronce, San Martín vuelve a pasar revista.