Creo que a todos nos pasa: muchas ciudades nos quedan en la memoria por una iglesia, una plaza, una comida inolvidable o algún paisaje que juramos no haber visto nunca antes. Con Bergamo me ocurrió algo bastante menos solemne. Yo la recuerdo, sobre todo, por un teléfono público.
No es una metáfora.
Era un teléfono público de verdad.
De esos que tenían un tubo rojo, botones físicos y una estructura metálica suficientemente sólida como para sobrevivir a una guerra menor. Estaba instalado en una cabina de vidrio en plena Bergamo Città Bassa, rodeado por la elegancia italiana habitual: árboles perfectamente civilizados, edificios históricos, gente caminando con ropa que parecía haber sido elegida por un estilista incluso para ir a comprar detergente.
Y en medio de todo aquello estaba yo, sosteniendo un auricular rojo.
La escena tenía algo arqueológico.
Había viajado miles de kilómetros desde Buenos Aires para terminar haciendo exactamente lo mismo que hacía de chico cuando necesitaba llamar a casa: buscar un teléfono público.
La diferencia era que entonces llevaba monedas argentinas en el bolsillo y mi principal preocupación consistía en que alguien atendiera antes de que se acabara el crédito.
Ahora estaba en Lombardía.
Y el aparato hablaba italiano.
Por suerte, yo también.
Encontré la cabina casi por accidente.
Estaba caminando por la città bassa cuando vi aquella pequeña estructura vidriada con un cartel de Telecom Italia y tres palabras que parecían resumir toda la ingeniería financiera de la telefonía europea:
MONETE. SCHEDE. CARTE.
Me quedé mirándola durante unos segundos.
Era como encontrar un dinosaurio estacionado correctamente junto a la vereda.
En Buenos Aires, los teléfonos públicos habían formado parte del paisaje de mi infancia. Habíamos desarrollado con ellos una relación bastante íntima.
Sabíamos cuánto duraba una ficha.
Sabíamos golpear ligeramente el aparato cuando algo no funcionaba.
Sabíamos incluso sostener una conversación familiar completa bajo la presión psicológica del sonido que anunciaba que el crédito estaba por terminar.
Por eso me acerqué con la seguridad de un veterano.
Mientras cualquier adolescente nacido después de 2005 habría contemplado aquel aparato como si fuera un instrumento agrícola medieval, yo sabía perfectamente qué hacer.
Descolgué.
Escuché el tono.
Funcionaba.
Aquello ya era extraordinario.
Detrás mío apareció entonces un señor de unos setenta años, impecablemente vestido con saco beige, pañuelo en el bolsillo y un diario doblado debajo del brazo.
Observó el teléfono.
Después me observó a mí.
—Funziona? —preguntó.
—Credo di sì.
El hombre arqueó las cejas.
—Incredibile.
No sé si hablaba del teléfono o de Italia.
En cualquier caso, tenía razón.
Introduje unas monedas.
El aparato las aceptó con un ruido metálico que despertó en mí recuerdos profundos.
Durante un instante regresé a mi infancia.
Los teléfonos públicos tenían entonces una cualidad que los celulares jamás pudieron reemplazar: cada conversación poseía una pequeña cuota de peligro.
Había que ir al grano.
No existían los audios de cuatro minutos.
No existían los grupos de WhatsApp.
Nadie enviaba un emoji después de treinta segundos de reflexión.
Uno llamaba, decía lo que tenía que decir y cortaba.
La humanidad era considerablemente más eficiente.
Marqué el número.
El hombre del diario seguía observando.
Aparentemente había decidido convertirse en supervisor técnico de la operación.
—Prima lo zero —me recomendó.
—Sì, sì.
—Poi il prefisso.
—Certo.
—E dopo…
—Lo so.
Me miró con cierta decepción.
Claramente esperaba encontrar a un turista indefenso.
Le expliqué que era argentino y que había utilizado teléfonos públicos durante buena parte de mi infancia.
Su expresión cambió inmediatamente.
—Ah, argentino!
A partir de ahí el teléfono dejó de importar.
En menos de treinta segundos estábamos hablando de fútbol.
El hombre se llamaba, según dijo, Giancarlo Bellini, aunque perfectamente podría haberse llamado de otra manera porque esta parte de la historia merece cierta libertad literaria.
Giancarlo afirmaba haber visto jugar a Maradona en Nápoles en 1987.
También afirmaba haber conocido personalmente a un primo segundo de Roberto Baggio.
Y, ya embalado, aseguró que su cuñado había tenido una discusión con Arrigo Sacchi en una estación de servicio cerca de Parma.
No aportó pruebas.
Pero lo relataba con semejante precisión que me pareció descortés desconfiar.
Mientras tanto yo seguía con el tubo rojo en la mano.
—Aspetti un momento —le dije.
Giancarlo hizo un gesto solemne.
Era evidente que había olvidado completamente que yo estaba intentando realizar una llamada.

Finalmente, del otro lado atendieron.
—Pronto?
—Pronto!
Y ocurrió algo curioso.
Hablar italiano desde un teléfono público en Italia producía una sensación completamente distinta a hablarlo en una clase o en una conversación casual.
Había algo cinematográfico.
De repente me sentí dentro de una película italiana de los años setenta.
Sólo faltaba que pasara una Vespa.
Pasó una Vespa.
No estoy exagerando.
Bueno, quizás un poco.
Hablé durante varios minutos mientras observaba Bergamo a través de los vidrios de la cabina.
Personas caminaban por la plaza.
Una mujer paseaba un perro diminuto con un abrigo que probablemente costaba más que mi mochila.
Dos estudiantes discutían frente a una bicicleta.
Un hombre bebía espresso de pie en un bar cercano con una concentración comparable a la de un neurocirujano.
Y yo estaba allí, hablando por teléfono como en 1994.
Cuando terminé la conversación, ocurrió un pequeño incidente.
El aparato devolvió algunas monedas.
Cayeron dentro del receptáculo metálico con aquel maravilloso sonido de premio inesperado.
Giancarlo, todavía presente, señaló inmediatamente la devolución.
—Ha restituito i soldi!
Lo dijo con genuina emoción.
Nos miramos.
Acabábamos de presenciar un milagro administrativo.
Un teléfono perteneciente a una empresa de telecomunicaciones había decidido devolver dinero voluntariamente.
Giancarlo se quitó los anteojos.
—Questo paese ha ancora speranza.
Recogí las monedas.
Una señora que había estado esperando detrás comenzó a aplaudir lentamente.
Después se sumó un muchacho con mochila.
Durante unos tres segundos, una pequeña multitud celebró alrededor de la cabina.
Un policía municipal que pasaba por allí preguntó qué ocurría.
Giancarlo respondió:
—Il telefono ha restituito le monete.
El policía asintió.
—Molto bene.
Y continuó caminando.
Italia posee una admirable capacidad para aceptar hechos extraordinarios sin alterar demasiado la agenda.
La señora tomó después el teléfono.
Se llamaba Signora Emilia, llevaba un bolso enorme y necesitaba llamar a su hermana.
—Non uso il cellulare —me explicó—. Troppo complicato.
Sacó de su bolso una libreta telefónica de papel.
Sentí respeto inmediato.
Emilia pertenecía a una especie humana que probablemente sobreviviría al colapso de Internet.
Buscó el número.
Marcó.
Esperó.
—Maria?
Silencio.
—Maria, sono io.
Otro silencio.
—No, non sono morta.
Giré discretamente la cabeza.
Giancarlo también.
La conversación prometía.
—Ti chiamo da un telefono pubblico.
Pausa.
—Sì, esistono ancora.
Otra pausa.
—Sono a Bergamo.
Pausa.
—No, non sono in ospedale.
En ese momento comprendí que la telefonía pública italiana conservaba también una importante función dramática.

Cuando finalmente me alejé de la cabina, miré hacia atrás.
Allí seguía.
Pequeña.
Vidriada.
Perfectamente anacrónica.
En una época en la que llevamos mapas, cámaras fotográficas, bibliotecas, bancos, periódicos y sistemas completos de comunicación dentro del bolsillo, aquel teléfono parecía una reliquia.
Pero también tenía algo encantador.
Para llamar había que ir hasta un lugar.
Había que conseguir monedas.
Había que marcar un número.
Había que esperar.
Y mientras uno hablaba, el mundo seguía ocurriendo alrededor.
No había notificaciones.
No había mensajes entrando.
No había veinte ventanas abiertas.
Sólo una voz al otro lado y una ciudad italiana detrás del vidrio.
Continué caminando por Bergamo con una sensación extrañamente feliz.
No había visitado un monumento.
No había entrado en un museo.
Ni siquiera había probado algo particularmente italiano.
Simplemente había realizado una llamada telefónica.
Pero viajar tiene esas pequeñas trampas maravillosas.
Uno cruza el océano imaginando que recordará grandes catedrales, palacios renacentistas y paisajes alpinos.
Y años después descubre que todavía puede recordar perfectamente el peso de un tubo rojo en la mano.
Aquella tarde aprendí que existen experiencias turísticas que ningún guía recomienda.
Buscar un teléfono público.
Introducir unas monedas.
Marcar lentamente.
Decir:
—Pronto?
Y por unos minutos vivir como si Internet todavía no hubiera sido inventado.
Si alguna vez encuentran uno en Italia, háganlo.
Aunque tengan celular.
Aunque tengan roaming.
Aunque puedan realizar una videollamada gratuita desde cualquier esquina del planeta.
Entren en la cabina.
Descuelguen.
Escuchen el tono.
Porque probablemente sea una de las pocas oportunidades que nos quedan de viajar no sólo a otro país.
Sino también a otra época.
