La Feria del Libro Raro, o la confirmación de una enfermedad hereditaria

Buenos Aires tiene una relación bastante particular con los libros.

Los compra, los vende, los subraya, los presta con optimismo, los reclama sin éxito, los hereda, los acumula y, llegado cierto punto, empieza a llamarlos “raros” para justificar que alguien pague una pequeña fortuna por un ejemplar que lleva setenta años sobreviviendo a bibliotecas, mudanzas, humedades y nietos sin interés por la literatura.

Yo, además, llegaba con antecedentes.

En mi familia los libros tienen genealogía.

Mis abuelos fueron grandes lectores (de esos que llegan al punto de apropiarse de libros ajenos con total naturalidad). Mis padres continuaron la tradición (de la lectura), pero llevaron el asunto un poco más lejos: coleccionaron y acumularon durante décadas y, ya de grandes, hicieron algo que todavía no sé si considerar un emprendimiento comercial o una maniobra particularmente sofisticada para seguir comprando libros sin tener que dar explicaciones.

Abrieron una tienda online de libros usados, raros y descatalogados.

Es decir, profesionalizaron el problema.

Mi padrino tampoco ayuda.

Es un gran lector y coleccionista que posee miles de ejemplares desparramados por su casa según un sistema de clasificación que, hasta donde sé, sólo él comprende. Hay libros en bibliotecas, sobre muebles, encima de otros libros y probablemente en regiones de la casa que todavía no han sido debidamente cartografiadas.

Visitarlo siempre me produce la sensación de que la casa fue construida alrededor de los libros y que él simplemente ocupa los espacios que quedaron libres.

Y después están mis primos.

Ellos directamente abandonaron toda resistencia.

Se dedican profesionalmente al negocio de los libros y son especialistas en ejemplares raros, dedicados, primeras ediciones y otras categorías capaces de transformar un volumen aparentemente inocente en un objeto por el que dos adultos pueden discutir seriamente durante cuarenta minutos.

Con semejantes antecedentes, que yo terminara un sábado de agosto recorriendo la Feria del Libro Raro & Curioso de Buenos Aires, en el Centro Cultural Recoleta, no debería sorprender a nadie.

Era genética.

O una emboscada familiar cuidadosamente preparada durante varias generaciones.

Voy solamente a mirar

Llegué a Recoleta bajo una llovizna fina y persistente, de esas que no justifican cancelar ningún plan pero consiguen que uno llegue a todas partes ligeramente húmedo y con cierto resentimiento hacia el Servicio Meteorológico.

La feria reunía libreros anticuarios, especialistas y vendedores de ejemplares singulares: primeras ediciones, libros dedicados, publicaciones agotadas, revistas, impresos, curiosidades bibliográficas y objetos que difícilmente aparecerían apilados junto a las novedades de una librería convencional. Evidentemente, esto no era el Ateneo Grand Splendid.

Entre los participantes podían encontrarse nombres del circuito como Rare Book Room, Abisal y Los Siete Pilares, cuyos carteles asomaban entre las mesas, además de otros libreros especializados que habían convertido las salas del CCR en una suerte de excavación arqueológica de papel.

Entré convencido de que iba solamente a mirar.

Esta frase merece quedar registrada porque demuestra hasta qué punto una persona puede desconocerse a sí misma.

En mi familia, “voy a mirar libros” pertenece a la misma categoría de promesas que “tomo una sola copa”, “entro cinco minutos” y “esta caja después la ordeno”.

Nunca termina bien.

A los pocos minutos ya estaba inclinado sobre una mesa examinando ejemplares con una concentración que había visto practicar durante toda mi vida.

Primero la tapa.

Después el lomo.

Luego la página de créditos.

El año.

La editorial.

El estado.

La encuadernación.

Y finalmente llega el momento verdaderamente peligroso: el precio.

Descubrí entonces algo perturbador.

Nadie me había enseñado aquel ritual.

Lo había aprendido por exposición.

La materialidad

Los coleccionistas experimentados poseen una técnica para revisar libros que los diferencia inmediatamente del resto de la humanidad.

No hojean.

Inspeccionan.

Toman un ejemplar, observan el lomo, comprueban la portada, buscan la fecha de impresión, examinan la encuadernación y luego miran discretamente las últimas páginas como si esperaran encontrar allí la confesión de un crimen cometido en 1912.

Yo intenté imitarlos.

Agarré un libro.

Miré el lomo.

Lo abrí por la mitad.

Asentí lentamente.

No tenía la menor idea de qué estaba verificando.

Pero durante unos cuarenta segundos conseguí parecer un hombre que había dedicado su vida al estudio de las primeras ediciones francesas.

Un señor de barba blanca se acercó.

—Interesante ejemplar.

—Mucho —contesté.

Hubo un silencio.

—¿Por qué?

Aquello no estaba previsto.

Miré nuevamente el libro buscando desesperadamente alguna respuesta.

—Por la… materialidad.

El hombre me observó.

Yo observé el libro.

El libro, por suerte, permaneció neutral.

—Exactamente —dijo finalmente.

Desde entonces considero que “la materialidad” es una herramienta indispensable para sobrevivir en ambientes culturales.

Una excavación bibliográfica

Sobre las mesas aparecían combinaciones imposibles.

Sonríe China, de María Teresa León y Rafael Alberti.

Un viejo tratado de teología.

Libros sobre fotografía argentina.

Giorgio Baffo.

Floréal Menéndez.

Un volumen titulado La mujer, médico del hogar, de esos que uno abre con la misma prudencia con que un arqueólogo entra en una tumba egipcia.

Más adelante encontré Historia general del libro impreso, de Raúl M. Rosarivo.

Un libro sobre la historia de los libros dentro de una feria dedicada a libros raros.

Era como encontrar un tratado de ictiología dentro de una ballena.

En otra mesa apareció un grueso catálogo alemán de exlibris con cientos de ejemplos procedentes de varios siglos.

Escudos.

Grabados.

Iniciales.

Animales mitológicos.

Marcas de bibliotecas privadas.

Siempre me fascinó el exlibris porque representa una extraordinaria declaración de optimismo humano: alguien encarga una etiqueta que dice “este libro me pertenece” sabiendo, aunque prefiera no pensarlo, que dentro de ciento cincuenta años probablemente estará sobre una mesa y un argentino desconocido lo examinará mientras calcula cuánto dinero tiene disponible.

Seguí avanzando.

Arte indígena.

Poesía.

Ensayos políticos.

Villon.

El Ángel y el León, de Enrique Espinoza.

Folklore. Copla, romance, poesía, de Lázaro Flury.

Aquello no era desorden.

Era serendipia profesional (nota al margen: siempre quise usar la palabra serendipia).

Uno llegaba buscando literatura argentina y quince minutos después estaba investigando la presencia extraterrestre en la Tierra.

Lo comprobé personalmente.

Ellos estuvieron aquí

En una mesa encontré Nuestros antepasados extraterrestres, de Robert Charroux.

Al lado había otro libro cuyo subtítulo prometía “pruebas científicas de la presencia extraterrestre”.

Me quedé mirándolos.

Un hombre situado a mi lado también.

—Antes se investigaban estas cosas seriamente —me dijo.

No supe si estaba bromeando.

—Naturalmente.

—Hay pruebas.

—Siempre las hay.

Señaló uno de los libros.

—Yo tengo tres.

La conversación estaba tomando una dirección peligrosa.

Me retiré antes de que sacara fotografías de una pista de aterrizaje alienígena en Chascomús.

Eso es lo extraordinario de una feria así.

Una librería convencional intenta que encuentres el libro que buscabas.

Una feria de libros raros intenta demostrarte que estabas buscando otro.

El idioma secreto

A medida que avanzaba empecé a escuchar un vocabulario inquietantemente familiar.

“Primera edición”.

“Con dedicatoria”.

“Fuera de catálogo”.

“Difícil de conseguir”.

“Conserva la sobrecubierta”.

“Está impecable para la época”.

Esta última expresión siempre me fascinó.

Impecable para la época.

Es una extraordinaria concesión filosófica.

Significa que algo puede estar amarillento, rozado, ligeramente torcido y con setenta años encima, pero conservar intacta su dignidad.

A cierta edad, uno empieza a desear que también lo describan así.

En un momento encontré una edición que parecía particularmente interesante y pensé inmediatamente en mis primos.

Ellos sabrían qué mirar.

Si era primera tirada.

Si conservaba la sobrecubierta.

Si tenía alguna dedicatoria.

Si había restauraciones.

Si aquella pequeña mancha en la guarda disminuía el valor un quince por ciento o demostraba que el ejemplar había pertenecido personalmente a Macedonio Fernández.

Yo me limité a sostenerlo con expresión grave.

El librero me observó.

—Linda edición.

—Muy linda.

—No aparece mucho.

Ahí estaba.

La frase.

No aparece mucho.

En una familia como la mía, esas palabras producen aproximadamente el mismo efecto que “¡fuego!” en un teatro.

Breccia me estaba esperando

Entonces apareció Lovecraft / Breccia. Los mitos de Cthulhu.

Me detuve.

El libro también pareció detenerse.

Nos observamos.

Alberto Breccia y H. P. Lovecraft juntos constituyen una combinación poco aconsejable para alguien que pretende conservar intacta su billetera.

Lo levanté.

Era grande, oscuro y magnífico.

Una cara aterrorizada ocupaba la tapa.

Supuse que representaba a un personaje enfrentándose a Cthulhu.

Aunque también podía representar a alguien después de preguntar cuánto cuesta una primera edición.

Lo abrí.

Lo cerré.

Lo dejé.

Caminé tres metros.

Volví.

Lo levanté nuevamente.

El librero sonrió.

Los libreros de viejo conocen perfectamente esta ceremonia.

No intervienen.

Han aprendido que el comprador debe convencerse solo.

Son como pescadores que observan tranquilamente cómo el pez gira alrededor del anzuelo.

—Es difícil de encontrar —dijo finalmente.

La frase más peligrosa del comercio librero.

Nunca dicen: “Pensalo”.

Dicen: “Es difícil de encontrar”.

A partir de ese momento uno deja de comprar un libro y se transforma en un mecenas al rescate de un patrimonio cultural.

Y allí, sosteniendo aquel Breccia bajo las luces del Centro Cultural Recoleta, comprendí finalmente que la genética existe.

Mis abuelos habían leído.

Mis padres habían coleccionado.

Mi padrino había llenado una casa.

Mis primos habían convertido las rarezas bibliográficas en profesión.

Y yo estaba acariciando un libro sobre Cthulhu como si acabara de encontrar un manuscrito perdido del Mar Muerto.

TODO conducía a ese momento.

El grupo familiar

Pensé en sacar el teléfono y mandar una fotografía.

Me detuve.

Conocía perfectamente las posibles consecuencias.

Mi madre preguntaría por el estado. O exclamaría «¡Basta de libros!» (a veces sucede).

Mi padre querría saber la editorial, el año y el precio.

Mi padrino probablemente respondería: “Creo que lo tengo”.

Y alguno de mis primos ampliaría la fotografía hasta descubrir una primera edición situada cuarenta centímetros detrás del libro que yo había fotografiado.

—Preguntá cuánto quiere por el de atrás.

Guardé el teléfono.

Hay decisiones que un hombre debe tomar para proteger a su familia.

Y, fundamentalmente, para proteger el espacio disponible en las casas de su familia.

Un Ballard entre fantasmas

En otra mesa encontré Noche de cocaína, de J. G. Ballard, en una edición de Minotauro.

Lo levanté inmediatamente.

Había algo maravilloso en encontrar a Ballard rodeado de tratados antiguos, primeras ediciones y libros que parecían haber pertenecido a profesores universitarios fallecidos durante gobiernos radicales.

Cerca estaba el cartel de Abisal.

Pensé que era un nombre perfecto para una librería especializada en libros raros.

Uno no compra allí.

Desciende.

Seguí caminando y apareció César Aira.

Los fantasmas.

Después Canto castrato.

Un antiguo volumen de Gimnasia.

Y más allá, una revista Sur.

Me detuve.

Sur no es solamente una revista.

Es un pequeño fragmento de aquella Buenos Aires donde Victoria Ocampo, Borges y compañía discutían literatura con una intensidad que hoy reservamos para determinar si una empanada debe llevar aceitunas.

La sostuve con cuidado.

El papel envejecido.

Los bordes imperfectos.

La tipografía austera.

Por un instante desapareció el ruido de la sala.

Eso es lo extraordinario de los libros antiguos.

No cuentan solamente historias.

Las transportan… y te transportan.

La fauna local

La feria estaba llena.

Personas inclinadas sobre mesas, conversaciones en voz baja, libreros explicando procedencias, compradores preguntando precios.

No había música estridente.

No había pantallas gigantes.

Nadie gritaba promociones.

El algoritmo estaba ausente.

Cada descubrimiento dependía exclusivamente de caminar, mirar y preguntar.

Una tecnología revolucionaria.

Vi a una mujer sostener un libro durante varios minutos.

Lo dejó.

Caminó hasta otra mesa.

Volvió.

Lo tomó nuevamente.

Sonreí.

La especie humana posee comportamientos universales.

En algún momento un hombre preguntó:

—¿Es primera edición?

El librero respondió:

—Sí.

El hombre cambió inmediatamente de postura.

Hasta entonces sostenía un libro.

Ahora sostenía un documento histórico.

Y comprendí algo sobre mis padres.

Tal vez no habían abierto simplemente una tienda de libros.

Habían encontrado una manera bastante ingeniosa de continuar coleccionando bajo una estructura comercial jurídicamente defendible.

Compran libros.

Los investigan.

Los clasifican.

Los fotografían.

Los publican.

Algunos se venden.

Entonces compran otros.

Desde un punto de vista empresarial, existe rotación de stock.

Desde un punto de vista familiar, los libros siguen entrando.

Hay que reconocerles la elegancia del procedimiento.

Después de los libros, la lluvia

Cuando finalmente decidí marcharme llevaba bastante más tiempo allí del previsto y había desarrollado afecto emocional por varios libros que no me pertenecían.

Pero todavía no me fui.

Antes de abandonar el Centro Cultural subí a la terraza.

Afuera seguía lloviznando.

La noche había caído sobre Buenos Aires y el piso mojado convertía la terraza en un enorme espejo irregular.

Caminé despacio.

Las luces se multiplicaban sobre las baldosas.

Las estatuas blancas se alineaban junto a la balaustrada y sus figuras se reflejaban en el suelo, ligeramente deformadas por el agua. Detrás aparecían las cúpulas, las palmeras y las luces de Recoleta recortadas contra un cielo oscuro y húmedo.

Después de pasar horas entre libros antiguos, primeras ediciones, dedicatorias y ejemplares que habían cambiado varias veces de dueño, aquella terraza parecía una continuación inesperada de la feria.

También allí todo pertenecía un poco a otro tiempo.

Las estatuas.

Las balaustradas.

Las cúpulas.

La piedra mojada.

Buenos Aires tiene noches en las que consigue parecer una ciudad europea.

Y otras, mucho más interesantes, en las que parece Buenos Aires intentando recordar todas las ciudades europeas que alguna vez quiso ser.

Me acerqué a la balaustrada.

El piso reflejaba las figuras de piedra como si debajo de la terraza existiera otra Recoleta, invertida y silenciosa.

Entonces pensé en mis abuelos.

En mis padres.

En la casa de mi padrino invadida por miles de ejemplares.

En mis primos examinando una dedicatoria para determinar si convierte un libro común en una pieza única (y en un gran negocio, admitámoslo).

Y se me vino la idea de algo bastante evidente que, por alguna razón, nunca antes había pensado.

En mi familia los libros no son objetos que permanecen quietos en una biblioteca.

Circulan.

Se recomiendan.

Se prestan y, ocasionalmente, contra toda evidencia histórica, se espera que sean devueltos.

Se compran.

Se venden.

Se heredan.

Aparecen dentro de cajas (¡muchas cajas!).

Desaparecen durante veinte años.

Un día alguien los encuentra y todo vuelve a empezar.

Quizás por eso mis padres terminaron abriendo una librería.

Quizás por eso mis primos se especializaron en ejemplares raros.

Quizás por eso mi padrino convive tranquilamente con varios miles.

Y quizás por eso yo había terminado allí.

Sobre una de las construcciones de la terraza brillaba un enorme cartel:

OH!

Lo miré.

Me pareció un comentario crítico perfectamente razonable para este día.

OH, los libros.

OH, las primeras ediciones.

OH, las cosas que la humanidad ha decidido imprimir.

OH, cuánto puede costar un libro que alguien compró originalmente por unas monedas.

Me quedé un rato más bajo la llovizna.

Las estatuas seguían reflejándose sobre el suelo y las cúpulas de Recoleta aparecían deformadas en los charcos, como ilustraciones de algún libro antiguo.

Pensé entonces que quizás uno pasa buena parte de la vida convencido de que elige sus propias obsesiones.

Hasta que un sábado lluvioso entra en una feria de libros raros y descubre que algunas estaban allí mucho antes de que uno llegara.

Esperándolo en la biblioteca familiar.

Probablemente en segunda edición.

Aunque mis primos, por supuesto, preferirían la primera.