China queda después de Aristóbulo del Valle

Los viernes por la tarde, Retiro tiene algo de puerto de ultramar… pero sin barcos. Todo el mundo parece estar regresando de alguna parte y, al mismo tiempo, huyendo discretamente hacia otra.

Entré a la estación del Belgrano con esa satisfacción modesta del que ya cumplió con la semana y sólo pretende llegar a casa. El gran techo de hierro se extendía sobre los andenes con esa elegancia ferroviaria que siempre me hace pensar que, en algún momento, debería aparecer un señor con sombrero, valija de cuero y un telegrama urgente procedente de Manchester.

No apareció.

En cambio, apareció un hombre con una bicicleta.

Llevaba casco rojo, mochila violeta y empujaba su mountain bike por el andén con la expresión grave de quien transportaba un caballo de carreras hacia Ascot. Durante unos metros avancé detrás de él. El ciclista esquivaba pasajeros con extraordinaria delicadeza: una señora con bolsas, dos adolescentes, un hombre que miraba el celular y parecía haber delegado completamente en San Expedito la responsabilidad de no caer a las vías.

A esa hora, Retiro funciona según reglas que nadie ha escrito pero todos conocemos.

El que llega corre.

El que ya está sentado no se mueve.

El que encuentra ventanilla adquiere derechos hereditarios sobre ella.

Y el que consigue asiento junto a la ventanilla un viernes por la tarde puede considerarse, durante aproximadamente cuarenta minutos, pasajero de clase ejecutiva de la red ferroviaria argentina.

Caminé hasta la mitad del tren.

No sé por qué siempre hago eso. Podría subir al primer coche disponible, pero tengo la convicción, sin ninguna evidencia científica, de que la mitad de cualquier tren constituye una zona de estabilidad política, acústica y espiritual.

Subí.

Encontré ventanilla.

Victoria.

Me acomodé.

Afuera, el sol bajaba lentamente al final del andén y entraba por los grandes ventanales de la estación, iluminando de naranja los coches rojos. Retiro adquiría así durante unos minutos un estatus cinematográfico que probablemente sorprendía incluso a la propia estación.

Entonces saqué mi libro.

Viaje a China y a otros países comunistas y capitalistas, de Joaquín Torres.

Me pareció apropiado.

Porque leer literatura de viajes dentro de un tren produce una curiosa superposición geográfica. Uno está sentado en Retiro, el autor está recorriendo China y el cuerpo, en breve, atravesará Recoleta, Palermo, Belgrano y Núñez, hasta llegar a la Zona Norte del Gran Buenos Aires.

Tres geografías por el precio de un boleto.

Abrí el libro.

Duré aproximadamente dos páginas.

—Chocolate, alfajores, agua saborizada…

Levanté la mirada.

Un vendedor avanzaba por el pasillo cargando una variedad de productos suficiente como para abastecer una expedición al Aconcagua.

—Chocolate, alfajores, agua saborizada…

Nadie compró.

El hombre siguió adelante con la serenidad profesional de quien comprende que el comercio minorista es una disciplina basada en la perseverancia.

Volví a China.

Unas líneas más tarde pasó otro.

—¡Alfajores! ¡Chocolate! ¡Agüita saborizada!

Sospeché que ambos pertenecían a compañías rivales y que el Belgrano era escenario de una silenciosa guerra comercial de la que los pasajeros ignorábamos las dimensiones.

El tercero ofrecía únicamente chocolates.

Especialización de mercado.

El cuarto, caramelos.

Segmentación.

Durante los siguientes diez minutos recibimos más propuestas comerciales que un fondo de inversión.

Un señor sentado enfrente mío terminó comprando un alfajor.

El vendedor celebró la operación con una leve inclinación de cabeza.

Yo interpreté aquello como el cierre de una ronda de financiamiento.


En el andén de al lado todavía no había tren.

Y ése era, aparentemente, el problema.

Mi formación estaba lista para partir, pero permanecíamos inmóviles.

Cinco minutos.

Diez.

Quince.

Los pasajeros comenzamos a desarrollar esa forma de paciencia muy argentina que consiste en no hacer absolutamente nada pero transmitir, mediante movimientos de cejas, una profunda desaprobación.

Finalmente alguien explicó:

—Hay que esperar que entre el otro tren.

Nadie preguntó por qué.

En el ferrocarril existen misterios que conviene aceptar con humildad.

Un señor de unos setenta años, sentado cerca de la puerta, afirmó con autoridad:

—Esto pasa porque están mal sincronizadas las señales.

Nadie sabía quién era.

Por la edad, podía ser un ingeniero ferroviario jubilado.

O un dentista.

Pero durante los siguientes siete minutos fue nuestro experto en infraestructura.

Después agregó:

—Antes esto no pasaba.

Con esa frase obtuvo definitivamente el respeto del vagón.

Finalmente, a lo lejos, apareció el tren esperado.

Entró lentamente al andén vecino.

Hubo una especie de alivio colectivo.

El ciclista del casco rojo acomodó su bicicleta.

Una mujer guardó el teléfono.

Yo marqué la página de China.

Y entonces ocurrió.

Primero, el pitido del guarda.

Breve.

Con autoridad.

Después, el motor.

Un ronroneo grave que fue creciendo debajo de nosotros.

Y finalmente el silbato del tren.

Ese sonido.

El ferrocarril puede modernizar estaciones, instalar pantallas electrónicas, aplicaciones, molinetes inteligentes y sistemas digitales. Pero mientras exista un silbato, viajar en tren conservará algo del siglo XIX.

Partimos.

Retiro empezó a deslizarse lentamente detrás de la ventanilla.

Las columnas.

Los andenes.

Las luces.

Los pasajeros esperando.

Los techos de hierro.

Después apareció el cielo.

Azul, gris y naranja.

El sol se hundía sobre Buenos Aires con una teatralidad absolutamente innecesaria pero muy bienvenida. Sobre todo para un viernes.

Abrí nuevamente el libro.

China me esperaba.


Durante algunos minutos conseguí viajar verdaderamente por dos continentes.

En la página, caminos asiáticos, ciudades lejanas, estaciones desconocidas.

Por la ventanilla, Palermo.

En la página, viajeros cruzando territorios remotos.

Por la ventanilla, un JetSmart con un ciervo en la cola aterrizando en Aeroparque.

En la página, aventuras en tierras extranjeras.

Por el pasillo:

—¡Chocolate, alfajores, agua saborizada!

China había sido nuevamente derrotada por el comercio ambulante argentino.

Decidí cerrar el libro un momento.

Afuera, Buenos Aires pasaba a la velocidad exacta para ser contemplada.

Los edificios se alejaban.

Aparecían contenedores de comercio exterior, talleres, los bosques de Palermo, puentes, autopistas.

Por un instante se recortó el Monumental, enorme, iluminado por el último sol de la tarde.

Un chico sentado unas filas adelante lo señaló.

—Mirá, River.

Su padre miró.

—Sí.

Nada más.

La relación entre un porteño y un estadio de fútbol no necesita demasiadas palabras.

Continuamos.

La ciudad fue cambiando lentamente de textura.

Más casas.

Más árboles.

Más patios.

Menos edificios.

El cielo, en cambio, se volvía cada vez más espectacular.

Las nubes tenían bordes anaranjados y rosas. El sol se filtraba entre ellas y se reflejaba sobre las ventanillas.

Pensé que, si aquello estuviera ocurriendo en Suiza, probablemente habría un mirador oficial, un cartel explicativo y una cafetería cobrando doce francos por contemplarlo.

Nosotros lo teníamos incluido en el boleto.


En Ciudad Universitaria subió un hombre que se sentó frente a mí.

Miró el libro.

—¿China?

—China.

Asintió lentamente.

—Lindo.

No aclaró si había estado.

Tampoco se lo pregunté.

Durante los siguientes minutos permanecimos en silencio.

Hasta que añadió:

—Yo una vez fui a Pigüé.

Lo dijo con un tono que establecía cierta equivalencia.

Y, pensándolo bien, quizá tenía razón.

Todo viaje depende menos de la distancia que de la predisposición del viajero.

Él había ido a Pigüé.

Joaquín Torres había ido a China.

Yo iba a Aristóbulo del Valle.

Cada cual tenía su epopeya.


A medida que nos acercábamos, comencé a guardar mis cosas.

El tren avanzaba ahora entre edificios conocidos, nombres familiares, lugares que uno ya no mira porque forman parte de la vida cotidiana.

Y quizás por eso mismo merecen ser mirados.

Los grandes viajes tienen una ventaja injusta: nos obligan a prestar atención.

En Roma miramos las fontanas.

En Lisboa fotografiamos tranvías.

En París contemplamos gente tomando café.

En Buenos Aires pasamos frente a escenas igualmente extraordinarias mientras revisamos WhatsApp.

Quizás viajar consista, simplemente, en recuperar la capacidad de mirar.

El tren empezó a disminuir la velocidad.

Guardé Viaje a China en la mochila.

Por esa tarde, Joaquín Torres tendría que continuar sin mí.

Aparecieron las luces de la estación.

Los pasajeros se levantaron.

Mochilas.

Bolsos.

Celulares.

Una bicicleta.

El vagón entró lentamente bajo la estructura de hormigón.

Y entonces apareció el cartel azul.

ARISTÓBULO DEL VALLE.

Me puse de pie.

Abrí manualmente las puertas.

Bajé.

El tren quedó detrás de mí, rojo, enorme, lleno de gente que continuaba hacia otras estaciones.

Algunos pasajeros esperaban en los bancos.

Otros caminaban hacia la salida.

El cielo afuera estaba ya entrando en la noche.

Mi viaje había durado menos de una hora.

No había cruzado fronteras.

No había mostrado el pasaporte.

No había cambiado ni moneda ni huso horario.

No había dormido en hoteles.

Ni siquiera había terminado el capítulo.

Pero había tenido un gran techo ferroviario, un atardecer, un ciclista misterioso, cuatro vendedores ambulantes, un supuesto experto en señalización, el Monumental, un señor que había viajado a Pigüé y varios kilómetros de China.

Nada mal para un viernes.

Subí las escaleras de Aristóbulo del Valle con la mochila al hombro.

El tren arrancó detrás de mí.

Volvió a escucharse el motor.

Después el silbato.

Y mientras los vagones se alejaban confirmé nuevamente uno de mis grandes secretos de viajar:

no hace falta ir demasiado lejos.

A veces alcanza con encontrar una ventanilla, llevar un libro y prestar atención.

China puede esperar.

En Retiro siempre hay un tren a punto de partir.